La aventura

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Naturalmente, no insistí aquella tarde y, tras despedirme con un gesto de bendición, él reanudó su absorbente conversación con O’Brien. Tenía que ver con los oficios conmemorativos de la muerte de su esposa, esos oficios que, una vez cada doce meses, cubrían de colgaduras negras todas las iglesias de La Habana. Ese día tenían que decirse cien misas por lo menos y había que distribuir limosnas. O’Brien se encargaba de todo y, mientras recorría el patio de arriba abajo, capté fragmentos de frases, que pasaron sigilosamente a mi lado, relacionadas con esta lúgubre ceremonia en la que toda la capital era invitada a rezar por el alma de la ilustre dama. El párroco de la iglesia de San Antonio decía esto y lo otro; el gran vicario de la diócesis había creado algunas dificultades; por gracia especial del arzobispo, se engalanaban en la catedral no menos de tres altares.

Vi sonreír a don Baltasar con inefable satisfacción; agradecía a O’Brien su celo y parecía apoyarse en su brazo con más familiaridad. Su voz temblaba de impaciencia.

—Y ahora, mi excelente don Patricio, en cuanto al número de cirios…



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