La aventura

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Permanecí un rato en el mismo sitio como paralizado, abrumado por mi insignificancia. O’Brien no volvió a mirarme ni una sola vez. Luego, con la cabeza baja, subí despacio la escalera blanca que conducía a mi habitación.

Mientras hacía la ronda por la galería, César arrastraba las piernas, elegantemente enfundadas en seda, entre dos jóvenes negros que balanceaban faroles colgados del asta de sus alabardas. Este pequeño grupo ofrecía aun aspecto medieval y extravagante. César llevaba en una mano un manojo de llaves y el bastón de mando en la otra. Se echó a un lado e inclinó su encrespada cabeza gris: con su traje de terciopelo marrón con galones dorados y el tricornio bajo el brazo parecía el más venerable y respetuoso de los mayordomos. Apoyándose en la pared, sus acompañantes descansaron las alabardas en el suelo al aproximarme yo.

César apretó el paso para interceptarme y, con gran discreción, me dijo en voz baja:

—Señor, sólo una palabra. Hace un momento me han llamado a los aposentos de nuestra Señorita. Ella me ha entregado esto para su Señoría, al mismo tiempo que sus saludos. Es un sello. El señor comprenderá.

Lo cogí: era un sello minúsculo que llevaba grabado el monograma de ella.

—Sí —dije.


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