La aventura
La aventura —La señorita doña Serafina me ha encargado que le repita —hizo un gesto furtivo como para conjurar un mal de ojo— estas palabras: «Dos vidas… una sola muerte». El señor lo entenderá.
—Sà —dije yo, apartando la mirada con una punzada en el corazón.
Me tocó el codo.
—ConfÃe en César, señor, yo la mimaba cuando era tan sólo una niña. PermÃtame su SeñorÃa recomendarle sinceramente que no se acerque a las ventanas, sobre todo si hay luz en la habitación de su SeñorÃa. Hombres perversos vigilan la casa; yo mismo he visto el destello de un mosquete al final de la calle. Además, la luna crece rápidamente. La Señorita le suplica que confÃe en César.
—¿Cuántos hombres son? —pregunté yo.
—No parecen muchos; yo no he visto más que uno. Pero, por señales manifiestas para un hombre de mi experiencia, sospecho que hay muchos más en los alrededores.
Luego, como yo miraba al suelo, añadió entre paréntesis: