La aventura
La aventura —Son malos tiradores, absolutamente todos; les falta la firmeza viril necesaria para disparar una pieza con buena punterÃa. Sin embargo, señor, se me ha ordenado rogarle que sea prudente. Es extraño, hay un gran jolgorio esta noche en la Aldea Bajo: podrÃa creerse que acaban de visitar un barco inglés en alta mar.
¡Un barco!, ¡un barco!, ¡el que sea! Pero ¿cómo salir de la Casa?
La amenaza de asesinato me impedÃa incluso mirar por la ventana. ¿HabÃa realmente un barco en alta mar? César estaba seguro de que no… por lo menos desde mi llegada. Además, aquel mar desierto parecÃa inaccesible.
Me llevé el sello a los labios.
—DÃgale a la Señorita cómo he acogido su regalo —dije yo; y el anciano negro inclinó todavÃa más la cabeza—. DÃgale que todas las palabras que pronunció se han grabado en mi corazón, lo mismo que las letras de su nombre están grababas en el sello.
Se marcharon afanosamente, los faroles colgando de las moharras de las alabardas y el bastón de César golpeando las piedras.