La aventura

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Cerré mi puerta y escondí el rostro en las almohadas de la lujosa cama. Mi angustia mental me superaba; sólo la acción podía librarme de ella. Me debatía contra mis pensamientos como un hombre en lucha con las sombras. Como no lograba ver ninguna salida a esa lucha, recé al Cielo para poder enfrentarme con algo tangible… algo que se pudiera superar o ante lo que sucumbir. Sin duda debí quedarme dormido, porque frente a mí había un león. Agitaba el rabo y, más allá del confuso nerviosismo de la bestia, vi a Serafina. Intenté llamarla a gritos: ningún sonido salió de mi garganta. Y el león producía un extraño ruido: abría las fauces como una puerta. Me incorporé.

Fue como cambiar de sueño. Una luz deslumbrante inundó mis ojos. En la amplia entrada a mi habitación, en medio de un numeroso séquito, vi una figura con una capa corta de color negro, el sombrero calado y un brazo extendido. Era don Baltasar. Nunca le había visto antes tan erguido. Detrás de él se oían llantos contenidos y un vasto y confuso rumor de lamentaciones, de pasos precipitados y de puertas cerradas de golpe. Su voz mordaz, envejecida, más firme y muy clara, me hablaba.

—Ha sido usted convocado… como pariente y como amigo… a la cabecera de don Carlos Riego para atenderlo a la hora de su muerte, para ayudar con sus oraciones a su alma, que se debate en el umbral de la Eternidad.


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