La aventura

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Una gran corriente de aire hizo oscilar las luces alrededor de aquella elegante figura negra. Todas las ventanas y puertas del palacio habían sido abiertas de golpe para facilitar la partida de aquella alma en lucha. Don Baltasar regresó; enseguida, su séquito se fue por la galería, con gran ruido de pasos y zarandeo de luces.

Salí corriendo tras ellos. Un vacilante resplandor venía de la bóveda y, a través de la puerta abierta, vi el contorno voluminoso de la carroza del obispo, que esperaba fuera en el claro de luna. Una tira de tela caía de peldaño en peldaño por el centro de los amplios escalones blancos. La escalera estaba brillantemente iluminada, y completamente vacía. La gente de la casa atestaba las galerías superiores; los murmullos de sus voces sollozantes caían en el patio desierto. La tira de tela carmesí puesta por el obispo lo cruzaba desde la bóveda de la escalera hasta la entrada.

La puerta de la habitación de Carlos estaba abierta de par en par: a través de ella pude ver numerosos cirios sobre una mesa, cubierta de ropa blanca, el costado de la enorme cama y varias figuras con sobrepelliz moviéndose por la habitación. Se oía el tañido de campanillas y los suspiros y gemidos de varias personas arrodilladas en la galería, entre las cuales me abrí paso poco a poco.

De pronto apareció a mi lado Castro.


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