La aventura
La aventura —Señor —comenzó a decir con lúgubre estoicismo—, ha muerto. He visto campos de batalla…
Su voz se quebró.
A través del amplio portal de la cámara mortuoria, vi a varias personas: don Baltasar y Serafina de pie ante la cama, dos sacerdotes con las cabezas inclinadas, un anciano diminuto con sus vestiduras sacerdotales de obispo, y el padre Antonio, fornido e inmóvil, con la mano en la barbilla, como si la hubiese dejado allà después de haber conducido a aquel alma a las puertas mismas de la Eternidad. Alrededor de mÃ, se santiguaban hombres y mujeres, y Castro, que por un momento se habÃa tapado los ojos con la mano, me dio en el codo.
—Usted está vivo todavÃa —dijo, con sombrÃo énfasis, añadiendo luego a modo de advertencia—. Pero ahora corre un gran peligro.
Miré en torno como si esperase ver un cuchillo alzándose contra mÃ. Sólo vi a un grupo de gente arrodillada, los criados negros y las mujeres, que se levantaba. Abajo, el patio estaba vacÃo.
—La casa está indefensa —continuó Castro.
En ese momento oÃmos un tumulto de voces en el porche.