La aventura

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O’Brien apareció en la puerta de la habitación de Carlos, con una expresión de preocupación y consternación en el rostro. No pienso realmente que tuviera nada que ver con lo que entonces sucedió. Su intención era haberme matado fuera de allí; pero el populacho, excitado por los discursos incendiarios de Manuel, había salido aquella noche de las aldeas de abajo con la intención de pedir mi vida a grandes voces. La mayoría de sus mujeres iban con ellos. Algunos lugareños llevaban antorchas, otros picas; no obstante, la mayor parte de ellos no llevaba más que sus largos cuchillos. Venían por la playa en desordenado y ruidoso tropel, con la intención no de atacar sino de hacer una simple demostración.

Ver la puerta abierta les llenó de estupor. La carroza del obispo bloqueaba la entrada y durante unos instantes vacilaron, atemorizados por el misterio que planeaba sobre la casa y por los ritos que allí se celebraban. Después, dos o tres de los más intrépidos se acercaron sigilosamente. La gente del obispo, por supuesto, no pensaba ofrecerles resistencia. La indefensión de la casa frenó a la multitud durante algún tiempo. Algunos hombres penetraron al interior. Varias mujeres empezaron a gritarles que sacaran al inglés. Entonces los hombres, animándose mutuamente en su audacia, se adentraron un poco más en la bóveda.


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