La aventura

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Un negro solitario, el único que hacía guardia ante la puerta, les gritó:

—¡Arrea! Retrocedan.

El grito no surtió efecto. Algunos más se apiñaron en el interior, aunque, por supuesto, la mayor parte de esa chusma se quedó fuera. El negro puso los ojos en blanco. No podía detenerlos; pues, aunque no quería abandonar su puesto, no se atrevía a disparar.

—Retrocedan, retrocedan —repetía.

—Sin el inglés, no —contestaban ellos.

El tumulto que habíamos oído se elevó cuando, de pronto, los lugareños cayeron sobre el centinela y le arrancaron su mosquete.

Una vez desarmado, el hombre huyó. Le vi corriendo por el patio siguiendo el sendero carmesí hasta el pie de la escalera. Sus gritos de «¡Que llegan los lugareños!» rompieron el silencio del duelo. El padre Antonio hizo un movimiento brusco y Serafina me lanzó una mirada asustada.

El patio, con su claustro y su fuente de mármol con el surtidor de agua en el centro, permaneció vacío un momento, después que el negro lo hubiese cruzado corriendo; luego, un clamor creciente lo atravesó. En medio de él oí la voz de O’Brien que decía:

—¿Por qué no cierran la puerta?


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