La aventura
La aventura Un murmullo apagado y sombrÃo subió hacia mÃ. Una voz ronca e inconsiderada gritó:
—¡Si nos lo da, nos iremos!
—¡Está poniendo usted en peligro las vidas de todos los residentes en esta casa! —me siseó O’Brien—. Señorita, se lo ruego.
Y cerró el paso a Serafina, que pretendÃa salir.
—¡Usted es el culpable! —gritó ella—. ¡Usted! ¡Su voz, su mano y su infamia!
La vehemencia de la joven lo desconcertó.
—¿Quién le trajo aqu� —balbuceó él—. ¿He de encontrarme siempre en mi camino con alguien de esa condenada prole? Pongo a él por testigo de que por usted…
Un formidable rugido llenó el patio.
—¡Arrójenos al inglés!
Abajo estaban recuperando la confianza y los feroces clamores de la muchedumbre que se agolpaba en el exterior llegaban debilitados a nuestros oÃdos.