La aventura
La aventura O’Brien interceptaba el paso. Don Baltasar se apoyaba en el brazo de su hija: ella, muy derecha, con lágrimas en el rostro todavía e indignación en los ojos; él, inclinado, con sus hermosos rasgos inmutables ya por la placidez de la edad. Detrás de ese grupo había dos sacerdotes, uno completamente pálido por el miedo, otro, con el ceño fruncido y un aspecto exaltado y fanático. La luz de los cirios del improvisado altar caía sobre la cabecita calva del obispo, que emergía lánguida y resignada de su amplia capa pluvial, como si el prelado hubiese estado encerrado en un relicario de oro portátil. Se disponía a irse.
Don Baltasar, que parecía no haber oído nada, dejó de pronto a su hija, como si se diera cuenta de su deber, y dijo entre dientes a O’Brien:
—Déjeme que preceda al obispo.
Luego salió a la galería con la cabeza descubierta. El padre Antonio había vuelto y su mano gruesa cayó sobre la espalda de O’Brien.
—¿No tiene usted corazón, ni respeto, ni decoro? —dijo—. En nombre de todo lo que usted respeta, le pido que detenga esta sublevación sacrílega.
O’Brien se libró de la mano del sacerdote y clavó sus ojos en Serafina. Dio la casualidad que yo estaba mirándole a la cara: parecía estar a punto de perder el juicio. Sus celos, el atroz tormento de su alma y de su cuerpo, lo habían dejado inmóvil y sin habla.