La aventura
La aventura Viendo aparecer a don Baltasar por la balaustrada, los rufianes de abajo se quedaron callados un rato. Se oyó claramente su voz mecánica y avejentada, preguntando:
—¿Qué quiere toda esta gente?
Serafina dijo en voz alta desde el interior de la habitación:
—Reclaman la vida de nuestro invitado —y mirando a O’Brien con desprecio añadió—: hacen eso para complacerle a usted.
—Pongo a Dios por testigo que yo nada tengo que ver con este asunto.
Era bastante cierto, él no tenía nada que ver con la sublevación; y creo que se habría entrometido, pero, en su consternación por haberse perdido a los ojos de Serafina, en su rabia contra sí mismo, no sabía cómo actuar. Sin duda se había engañado a sí mismo en cuanto a su posición exacta ante Serafina. Era un hombre que vivía de ilusiones y estaba dispuesto a confiar plenamente en sus deseos. Su ansia de venganza contra mí, la pérdida de sus esperanzas (ya no podía seguir engañándose a sí mismo), el esfuerzo desesperado de su pensamiento por recuperarlas, su propensión a hacer lo imposible… todas estas emociones paralizaban su voluntad.
Don Baltasar me hizo una seña.