La aventura
La aventura —No se acerque a él —dijo O’Brien entre dientes con voz poco clara—. Voy a… Debo…
Me aparté de él. Don Baltasar me tocó en el brazo.
—El populacho está mal aconsejado —susurró—. Recientemente me han causado bastantes problemas. Pero esta infame locura es increÃble. Les exhortaré a que recobren el juicio. Mi voz…
El patio estaba bastante iluminado, de modo que podÃa ver los rostros bronceados y barbudos de los frenéticos lugareños mirando hacia arriba. Ambos estábamos expuestos también a la luz plena que nos llegaba del portal y de las antorchas que ardÃan en la galerÃa.
Esa mañana, en mi impotencia, habÃa llegado a confiar en el azar… en algún accidente fortuito… cuya naturaleza ignoraba… quizá mi propia muerte… que me proporcionarÃa una solución con que resolver mis responsabilidades y pondrÃa fin a mis atormentados pensamientos. Y he aquà que el accidente se produjo con tan atroz rapidez que todavÃa hoy me estremezco.