La aventura
La aventura Estábamos mirando al patio desde arriba. Don Baltasar acababa de decir: «En ninguna parte estará usted tan seguro como a mi lado», cuando reparé en un lugareño que se apartaba de la multitud que rodeaba la fuente. Su rostro me resultaba familiar. Era el pirata de la nariz rota que ya había probado mi puño. Llevaba a la espalda el mosquete del centinela y se escabullía hacia la puerta.
Don Baltasar sacó la mano por encima de la balaustrada y abajo se produjo una retirada general. Me preguntaba por qué no cargaban los esclavos que había en las escaleras y despejaban el patio; pero supongo que, con semejante chusma fuera, hubo una natural vacilación para encontrar una salida a aquella situación. Los lugareños murmuraron:
—¡Mirad al inglés!
Después gritaron todos juntos:
—¡Excelencia, entréguenos a ese inglés!
Don Baltasar pareció rejuvenecer de pronto unos diez años. Nunca lo había visto tan impresionantemente erguido.
—¡Insensatos! —empezó a decir, sin el menor rencor.
—¡Va a disparar! —gritó Castro desde algún lugar de la galería.