La aventura

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Vi un fogonazo rojo desde la sombra de la puerta. El pirata de la nariz rota me había disparado. La detonación, amortiguada por la bóveda, apenas llegó a mis oídos. El brazo de don Baltasar casi me hizo bascular para atrás. Entonces sentí que se apoyaba en mi espalda. No supe lo que había pasado hasta que le oí decir:

—Recen por mí, caballeros.

El padre Antonio lo acogió en sus brazos.

Un segundo después del disparo, reinaba en el patio el más absoluto silencio. Lo rompió un aullido de terror abajo y la voz de Serafina gritando desgarradoramente:

—¡Padre!

Caído de rodillas, el sacerdote sostuvo la cabeza plateada, cuyos delgados rasgos mostraban ya la calma de la muerte. Don Baltasar me había salvado la vida; y su hija se abalanzaba sobre su cadáver. O’Brien se apretó las sienes con las manos sin hacer un solo movimiento.

Vi al obispo, con su ceremoniosa capa pluvial, acercarse sigilosamente al grupo, moviéndose como una tortuga. Y por un momento no se oyó en toda la casa más ruido que su voz temblorosa pronunciando la absolución.


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