La aventura
La aventura Más tarde, estalló abajo un ruido más diabólico. Los negros habían cargado y los lugareños, sobrecogidos de terror por la imprevista catástrofe, se abalanzaban atropelladamente hacia la puerta. El griterío de las doncellas era espantoso. Corrían de un extremo al otro de la galería, con las cabelleras ondeando al viento. O’Brien pasó a mi lado velozmente, murmurando como un loco.
Yo también bajé al patio, a tiempo para asestar con fuerza algunos golpes bajo el porche; pero alguien, no sé quién, me había puesto en las manos un mosquete, que utilicé como un garrote. El repentino estallido de unos gritos, los alaridos de terror bajo el porche, los rugidos de rabia y consternación, silenciaron a la chusma que se apiñaba en el exterior. Los lugareños, horrorizados por lo que había pasado, gritaron más lastimeramente. Chillaron cual sabandijas, que es lo que eran. Abatí el mosquete convertido en garrote: cayeron dos lugareños. Estoy seguro de que por lo menos fueron dos. Una avalancha de pies corriendo se propagó entre los muros, una tromba que me arrastró. Durante un rato la negra oleada de fugitivos se arremolinó, a la luz de la luna, en torno a la carroza del obispo, como un torrente se estrella contra un peñasco. El enorme y pesado vehículo fue zarandeado, las mulas se desplomaron, las antorchas vacilaron.