La aventura

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En medio de nuestra encarnizada lucha, oí un sonido sibilante. Dejé de mirarlo; él redobló sus esfuerzos y entonces vi, a sus espaldas, a Tomás Castro, que se deslizaba sigilosamente hacia nosotros desde el patio, su silueta negra destacando sobre la tira de tela carmesí. Entonces echó hacia atrás su capote. La luz del farol bajo la clave de la bóveda se reflejaba tenuemente sobre la cuchilla de su brazo mutilado. Con el otro, me hizo un gesto discreto y espeluznante.

¿Cómo podía sujetar yo a un hombre que iba a ser apuñalado por detrás en mis brazos? Castro llegó corriendo, desplegando su capote como un par de alas negras. Haciendo acopio de todas mis fuerzas, forcé a O’Brien a darse la vuelta y en un momento nos balanceamos los dos. Ahora estaba de espaldas a la puerta. El esfuerzo que hice pareció haberle desanimado. Noté que cedía.

Tan pronto como hubimos cambiado de posición, Castro se detuvo y se hizo a un lado, poniéndose a la sombra junto a la entrada al cuerpo de guardia. No creo que O’Brien pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando. Mi fuerza había vencido a la suya. Le hice retroceder. Sus ojos parpadearon desenfrenadamente. Enseñó los dientes. Se resistía como si yo le estuviese empujando al borde de un precipicio. Sus pies se aferraron al embaldosado. Lo zarandeé hasta que la cabeza le dio vueltas.

—¡Raza de víboras! —balbuceó O’Brien.

—¡Fuera de aquí! —le abucheé yo.


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