La aventura
La aventura Yo no había encontrado nada heroico, nada romántico que decir… nada que pudiese explicar mi desesperada resolución de librar al mundo de su presencia. Lo único que podía hacer era echarlo de allí. Casa Riego era todo mi mundo… un mundo lleno de sufrimientos, tristeza y amor. Le vi caerse de cabeza bajo las ruedas de la enorme carroza episcopal. El cochero negro, sentado en todo lo alto, indiferente en medio de todo aquel tumulto, con sus medias blancas de seda y su sombrero de tres picos, miraba hacia abajo desde su elevado pescante. Y los dos batientes de la puerta se juntaron con un ruido metálico de herrajes y un fuerte estrépito que resonó en aquella bóveda como un trueno.