La aventura

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—Podría haberlo matado con mis propias manos —le dije—. Yo era más fuerte que él. Él llevaba encima su pistola, de eso estoy seguro, sólo que yo no podía ser cómplice de un asesinato…

—Ay, hijo mío, no habría habido ningún pecado en utilizar la fuerza con que Dios le ha bendecido —me interrumpió él—. Nos está permitido matar reptiles venenosos y fieras salvajes. Para eso se nos ha concedido la fuerza, y la inteligencia…

Y seguía paseándose todo el tiempo, retorciéndose las manos.

—Sí, su Reverencia —dije yo, sintiéndome el más miserable y más desesperado de los amantes sobre la tierra—, pero no hubo tiempo. Si no le hubiese echado de la Casa, Castro le habría apuñalado por la espalda en mis propias barbas. Y eso habría sido…

Me faltaron las palabras.

Me había visto obligado no solamente a renunciar a matarlo, sino a salvar su vida. ¡Me había visto obligado! No había tenido otra opción. Dado que era mi enemigo mortal, me parecía que jamás hubiese podido pegar el ojo durante el resto de mi vida.


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