La aventura

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Habían pisoteado las flores inglesas; un sombrero sucio flotaba en la fuente, ahora aquí, ahora allá, asustando a los peces de colores que huían de un extremo al otro.

¿Y Serafina? No parece adecuado hablar de ella en aquellos días. Apenas me atreví a dejar que mis pensamientos se ocuparan de ella, pero pensaba en ella todo el tiempo. Su pesar era el alma misma de la Casa.

Poco después de que yo hubiese expulsado a O’Brien nos dejó el obispo y entonces me enteré, gracias al padre Antonio, de que la habían llevado a sus aposentos, desmayada. La congoja y las preocupaciones casi habían vuelto loco al excelente hombre, que deambulaba de un lado a otro, con la enorme cabeza inclinada sobre el espacioso pecho y crujiéndose las articulaciones de los dedos. Me lo había encontrado en la galería cuando regresaba a la habitación de Carlos, lleno de ansiedad y miedo, y nos habíamos retirado a un vasto salón, raramente usado, que había arriba del portón. Nunca olvidaré la agitación con la que tan fornido personaje recorría la habitación a paso ligero, mientras yo, sintiéndome completamente abrumado pues la excitación ya había pasado, me apoyaba en una consola. La luna arrojó tres franjas azuladas de su luz helada sobre la vasta habitación, con sus muebles Imperio dispuestos formalmente a lo largo de las paredes blancas.

—¿Y ese hombre? —me preguntó finalmente.


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