La aventura

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Dos enormes antorchas de cera en soportes de hierro flameaban y se derretían a la puerta; un paño negro cubría los escudos blasonados; y la brisa marina, soplando a través de las ventanas abiertas, hacía inclinar las llamas de un centenar de cirios, que palidecían a la luz del sol y ardían intensamente por la noche. El murmullo incesante de las oraciones por estas dos almas llenaba toda la habitación; todavía resuena en mis oídos. Siempre había algún personaje del servicio rezando arrodillado ante la puerta; o era el viejo mayordomo el que entraba para quedarse un rato al pie de la cama; a veces era yo el que veía, a través de la puerta abierta, al padre Antonio, con la sotana subida hasta las rodillas y su frente descansando sobre el borde de la cama, las manos apretadas por encima de la tonsura.

Dejando aparte lo necesario para la defensa, la vida entera en aquella casa parecía paralizada. No se veía ni una sola mujer; todas las puertas estaban cerradas; y la abrumadora desolación de los grandes duelos quedaba simbolizada en la silla de don Baltasar, que permanecía volcada en el patio a la vista de todos, hasta que, no pudiendo soportar más el espectáculo, yo mismo le pedí a César que la retirase.

—Sí, señor —me dijo respetuosamente, y de pronto unas cuantas lágrimas rodaron por sus mejillas marchitas.


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