La aventura
La aventura Tan pronto como descubrimos cuál era su propósito (su aparente propósito, en todo caso), fueron echados sin miramientos, pese a sus protestas acerca de su amor y su respeto por los negros de los Riego. Castro los siguió de nuevo, tras intercambiar una intencionada mirada con el padre Antonio. Identificarse con los dos bandos, por así decirlo, era un triunfo de la diplomacia de Castro, del taciturno misterio que le rodeaba. Él nos mantenía en contacto con el mundo exterior, llegando bajo toda clase de pretextos, sobre todo con mensajes del obispo, o escoltando a los sacerdotes que venían en relevos a rezar por los cadáveres de los dos últimos Riego, que yacían con gran pompa, uno al lado del otro, en sus rígidas vestimentas de terciopelo negro con gorgueras de encaje blanco, en la gran cama que habían sacado en medio de la habitación.