La aventura

La aventura

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—¡Ah!, es usted generosa —le susurré yo muy cerca del faldón de su capote, cuya sombra ocultaba su rostro.

—Ahora debe usted pensar en sí mismo, Juan —dijo ella.

—¿En mí mismo? —repetí yo tristemente—. Sólo puedo pensar en usted, y sin embargo está usted tan lejos… tan fuera de mi alcance. Entre usted y yo se interponen sus muertos… y todo lo que ha perdido.

Me tocó el brazo.

—Soy yo la que debe pensar en mis muertos —susurró ella—. Pero usted debe pensar en sí mismo, porque yo ahora ya no tengo nada mío en este mundo.

Sus palabras me afectaron como el murmullo del remordimiento. Era cierto. Ella tenía sus riquezas, sus tierras, sus palacios; pero su único refugio era aquel pequeño bote. El padre de Serafina se había aislado tanto durante su largo retiro en los últimos años de su vida que su hija no contaba más que conmigo para que la protegiese de las intrigas de su propio intendente. Y al pensar en nuestra desesperada situación, en los sufrimientos que nos aguardaban en aquel pequeño bote, con la perspectiva de una muerte lenta al final, dudé por un momento. ¿No debería regresar a la bahía y entregarme? En tal caso, según lo expresó Castro, nos cortarían el cuello por amor al juez.


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