La aventura
La aventura Pero a Serafina la chusma la llevarÃa a la Casa en palmitas… dada su veneración por la familia y su temor a O’Brien.
—Asà pues, señor —masculló él—, si para usted el sol de mañana cuenta tan poco como para mÃ, demos la vuelta a la proa del bote.
—Más bien pongamos nuestras manos en los costados y hagámoslo zozobrar —dijo Serafina con una indignación propia de un alto mando.
Yo no dije nada. Si hubiera podido llevarme conmigo al otro mundo a O’Brien, habrÃa muerto gustoso para librarla a ella de padecer siquiera una pulla. Pero, como no era posible, tenÃa que venirse conmigo; debÃa sufrir porque yo me aferraba a ella como los hombres se aferran a sus esperanzas de conseguir los más preciados bienes… con una exaltada y egoÃsta dedicación.
Castro se habÃa adelantado como para mostrar su buena disposición a virar el bote. Mientras tanto oà un chasquido. Un débil destello dio de lleno en sus borrosas manos bajo el halo negro del ala de su sombrero. De nuevo chasquearon el pedernal y la cuchilla, y una chispa roja centelleó en la proa. HabÃa encendido un cigarrillo.