La aventura
La aventura EL silencio, la inmovilidad, la más extrema cautela, eran condiciones imprescindibles para nuestra salvación. Pero yo no tenía corazón para reprocharle el peligro que causaba a Serafina y a mí mismo. La bruma era tan espesa ahora que apenas podía distinguir su silueta, aunque percibía claramente el aroma del tabaco.
El acre olor a picadura pareció unir los acontecimientos de los últimos tres años en una sola aventura ininterrumpida. Me acordé de la playa de guijarros, de la cubierta del viejo Thames. Trajo a mi memoria la primera visión que tuve de Serafina, y la magnificencia blasonada del lecho en que Carlos agonizó. Todo esto vino y se fue en una bocanada de humo; pues, de todo el poder de seducción con que Carlos ejercía su encanto, en ninguna parte quedaban huellas tan profundas como en el corazón de aquel pobre bandido encanecido que, cual filósofo o forajido, daba chupadas a su cigarrillo mientras la muerte, enmascarada y oculta por la bruma, se cernía sobre nosotros. Y entonces, ¡oh cielo sereno de mi ocaso!, su presencia se hizo verdaderamente audible en unos golpes precipitados y rítmicos, acompañados de un animado punteo.