La aventura
La aventura Enseguida aumentaron los ruidos y Castro se decidió finalmente a tirar su cigarrillo. Serafina se agarró a mi brazo. El ruido de los remos, acelerando su marcha a los sones precipitados de una guitarra, se abatió sobre nosotros con aguerrida ferocidad.
—Caramba —murmulló Castro—. ¡Es ese chiflado de Manuel en persona!
Entonces dije yo:
—Tenemos ocho balas entre los dos, Tomás.
Castro puso sobre mis rodillas su par de pistolas.
—Disponga de ellas como a su SeñorÃa le plazca —murmuró.
—No debes darte por vencido todavÃa —susurré yo.
—¿Qué más da que yo me dé por vencido? —masculló él con lasitud—. Además, cuento con la cuchilla que llevo en el muñón. Si no estuviese dispuesto a abandonar este mundo completamente solo… Escuche cómo canta ese imbécil.