La aventura
La aventura ¿Duraría la bruma lo bastante para serme útil? Esa era la única cuestión; y yo pensaba que así sería, pues cada vez se posaba más baja y más densa, y era demasiado pesada para que la pudieran mover los intermitentes embates de la brisa. Era una auténtica bruma nocturna de los trópicos, de esas que suelen formarse al ponerse el sol y tratan de deslizarse poco a poco por la cálida extensión del mar antes de que llegue el amanecer. Una vez en Río Medio, cuando me paseaba muy temprano por las dunas, me detuve a observar debajo de mí a unos hombres, que pescaban desde una barca: al alba sus cabezas emergían extrañamente de una bruma parecida a ésta, que los ocultaba hasta los hombros mucho mejor de lo que podría haberlo hecho el agua. Confiaba en que nuestras cabezas no emergieran tan pronto, aunque me pareció que, simplemente subiéndome a los hombros de Castro, podría alcanzar la luz de la luna, ver la región montañosa de la costa y la arboladura del barco inglés. No podía encontrarse muy lejos, ojalá pudiera saber en qué dirección. Pero un inestable bote no era la plataforma adecuada para unos ejercicios acrobáticos y Castro no era exactamente el hombre que se precisaba.