La aventura

La aventura

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Un impetuoso torrente de confusas digitaciones; un repentino pum, como de un torpe tropezón.

—¡Ella es la altiva hija de la vieja Castilla! ¡Olé! ¡Olé! —cantaba él misteriosamente al principio de cada estrofa con desbordante y afectado éxtasis.

Y a continuación se ponía a chillar como si le hubieran arrojado de cabeza contra una roca. El poeta de Río Medio reunía su tripulación de saqueadores mediante una rapsodia sobre una pasión secreta y no correspondida.

—Tras, paf, tris, tris.

Era el capataz de los valientes lugareños. ¡El auténtico capataz! El único capataz.

—¡Olé! ¡Olé! Tras, tras.

Pero era esclavo de los encantos de su amada, de sus labios, de su pelo, de sus cejas, que, según proclamaba en un chillido que se elevaba vertiginosamente, eran como sendos arcos iris tendidos sobre estrellas.

Era una canción de amor, una siniestra parodia, lo que una odiosa mueca de mono es al verdadero dolor de un rostro humano. Tendría que haberme librado de esa intolerable humillación. Me habría resultado bastante fácil alejarme mientras él cantaba y no oírla, pero tenía un plan, el principio de un plan que sería casi como un principio de esperanza. Para llevarlo a cabo, debía aprovecharme de la niebla con el objeto de mantenerme a una distancia desde la que pudiera oírla.


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