La aventura
La aventura —Guiaros por la canción.
Sus dedos se desmandaron por entre las cuerdas y, por encima de aquel rasgueo, su voz, forzada hasta el tono más agudo, declamó como si se encontrase en medio de una tempestad:
Adoro a los santos en la gloria del cielo,
Y en el polvo de la tierra,
La huella de los pasos de mi amada.
Estaba improvisando. A veces se detenÃa para tomar aliento; luego, seguÃa con su serie de punteos amortiguados y yo, mirando con atención, me imaginaba que podÃa descubrir su silueta en medio de aquel vapor blanco, como la sombra que proyecta desde lejos una vela de sebo sobre una hoja blanca como la nieve… su desgarbada languidez, sus mechones grasientos, la elegancia con que movÃa la cabeza, la sensiblera forma en que revolvÃa sus enormes y brillantes ojos.
Yo no habÃa olvidado el sorprendente espectáculo que me dio en el camarote de la goleta cuando, después de confiarme sus infortunios y sus ambiciones, me habÃa obsequiado con una muestra de su arte. Al igual que entonces, una vez que hubo halagado su agresiva vanidad, se puso a cantar y el indeciso rasgueo de su guitarra empezó a dar bandazos y a titubear por debajo de su voz, como un esclavo borracho siguiendo los pasos a su delirante dueño.
—¡Tris, tris, tras!