La aventura

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Ahora parecía imposible escapar. Al menos lo pareció mientras hablaban. Una mancha oscura fue vislumbrándose poco a poco en la brillante extensión de la bruma. Cambió de posición desde que la divisé por vez primera y luego permaneció inmóvil por detrás del bote. Era la sombra de una barca grande llena de hombres; mas, cuando estos se callaron, ya no estaba completamente seguro de haberla visto. Si se hubieran dado cuenta de nuestra presencia a pocos metros de ellos, no dudo de que habría entre ellos algunos ojos que hubiesen podido detectarnos de la misma manera esquiva. Pero ¿cómo podían siquiera soñar en algo parecido? Hablaban a gritos y debían de ser alrededor de una docena, por lo menos. A veces dejaban escapar un grito juntos, y a continuación permanecían un rato callados como si escuchasen. Más tarde empecé a oír unos gritos de respuesta, que parecían converger sobre nosotros de todas direcciones.

Estábamos justo en medio. Era el bote de Manuel, como Castro había imaginado, y las demás embarcaciones se reunían con él a tientas, sin dejar de gritar:

¡Ohé! ¡Ohé! ¿Dónde, dónde?

Y la gente del bote de Manuel les respondían con aullidos:

¡Ohé! ¡Ohé… ee! En esta dirección; ¡aquí!

De pronto Manuel tocó la guitarra con poderío y cantó con inspirado y grandioso acento:


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