La aventura
La aventura ¡Ah, si uno pudiera añadir un metro a su estatura! ¡Sólo un metro o metro y medio! Parecía como si entre la luna y yo no hubiese más que un delgado velo. Sólo una fina neblina. Pero a la altura de mis ojos todo estaba oculto. Por detrás del velo blanco llegaba el lamento de las cuerdas, estridente, lúgubre y vigoroso en su arrebato ficticio, como si se burlara de la ardiente tristeza que mi indignidad me producía, del supremo tormento y el íntimo orgullo de mi amor casto. En las intensas pausas podía escuchar el impacto sordo de las regalas al chocar entre sí, el ligero chapoteo de los remos, la llamada lejana de algunos rezagados buscando a tientas su camino en aquel mar amortajado.