La aventura

La aventura

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La crueldad apasionada que corría por su sangre mantenía a esos asesinos en completo silencio en el fondo de sus botes. Igualmente podía imaginarme, en mi país, un grupo de contrabandistas (no se detendrían por un asesinato más o menos) escuchando con rostros pensativos una cancioncilla sentimental sobre cierta «linda Nancy» y dando tristes alaridos y fumando en pipa entre las cuatro paredes de una cervecería al borde del camino. Me pareció comprender perfectamente lo que distingue a una raza de otra… diferencia que lleva consigo el espíritu de aventura cuando no engendra odio. Al escuchar la canción de Manuel se me revolvió el estómago. Odiaba sus lamentaciones. «¡Ay de mí! ¡Ay! ¡En vano, en vano!». Rasgueaba las cuerdas con vertiginosa celeridad, con furia, y el enloquecido clamor de su voz, luchando frenéticamente con los rabiosos acordes de la guitarra, culminaba con un grito penetrante y supremo.

—Acabado. Se ha acabado.

Un débil murmullo de aprobación llegó a mis oídos, luego las austeras aclamaciones de los expertos: «¡Viva, viva Manuel!, —finalmente un chillido de ferviente admiración—: Ah, nuestro Manuelito»…

Una voz ronca bromeaba con jovialidad:

—No te preocupes Manuel. ¿Qué ha sido de Paquita, la del diente partido? ¿Te ha dejado, eh? Por Dios, hombre, a oscuras todas las mujeres se parecen.


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