La aventura
La aventura Al parecer, eso es lo que había estado haciendo con la ayuda de unos cuantos elegidos y bajo la protección de la bruma. Habían logrado acercarse sigilosamente al barco, lo suficiente para escuchar las conversaciones de los ingleses a bordo, las órdenes dadas y los gritos de «hala» de los invisibles marineros aparejando las vergas según cambiaba el viento. Por supuesto, esto último fue decisivo: tales voces no se oyen en un buque de guerra. Debía tratarse de un mercante: sería una presa fácil. Exaltado por su valentía y atrevimiento, Manuel regresó a la costa para reunir a todas las embarcaciones que rodeaban la suya y conducirlas hacia un seguro botín. Pronto averiguarían, declaró él, lo que tenía en mente su bravo Manuel, en lugar de ese vagabundo, ese extranjero, ese andaluz muerto de hambre, ese traidor, ese infiel, ese tal Castro. Oculto en la bruma, parecía perorar todo esto sólo para que nosotros lo oyéramos, como si pudiese vernos en nuestra barca… Paciencia, paciencia. Algún día le pararía los pies a este intruso y lo pondría boca abajo bajo un sol agradable.
Castro hizo un brusco movimiento; un ligero escalofrío de asco se le escapó a Serafina… Mientras tanto, Manuel declaraba con su audacia habitual que era como si el barco fuese ya suyo.
—¡Viva el capataz! —aclamaron todos.