La aventura
La aventura Los nebulosos vapores que cubrían el mar amortiguaron este breve berrido; oímos una risa siniestra y gritos excitados. Manuel empezó a largar un discurso que tenía preparado, y su voz, que les arengaba con inflexiones vehementes bajo la brillante blancura de una nube, tenía un asombroso tono de incorporeidad, distintivo de la sorpresa abstracta, de la fenomenal emoción gritada al espacio vacío. Y para mí tenía además la fascinación de una profundidad recién descubierta.
Fue como el discurso de un cabecilla ambicioso en una farsa: con su elocuencia mantenía la atención de su auditorio, como había ocurrido con la canción de su grotesco y profanador amor. Se jactó de su sagacidad y valor, y los destinatarios de sus invectivas incluían a toda clase de nombres… entre ellos, el mío y el de Castro. Reveló los infames ideales de esa banda de canallas… ideales que, según dijo, serían saciados bajo su mando. Alardeó de sus conferencias en secreto con O’Brien. Esto último produjo murmullos de satisfacción.