La aventura
La aventura No me asombró el escalofrÃo de horror, de repugnancia, de consternación y de indignación que experimentó Serafina. Privada del inexpugnable refugio de Casa Riego, ella también debÃa inspeccionar aquellos abismos, tenÃa que considerar la bestialidad, la codicia y las ilusiones de aquella sórdida chusma de sabandijas. Sentà por ella una pena y una vergüenza profundas. Era como un ataque sacrÃlego a la santidad de su luto por los muertos, a su visión clara y apasionada de la vida.
—¡Hombres de RÃo Medio! ¡Amigos! ¡Valientes!…
Manuel comenzaba su perorata. Ahora les conducirÃa hasta el barco inglés. Los aterrorizados herejes se rendirÃan enseguida. Siempre habÃa oro en los barcos ingleses. Interrumpió su discurso y luego gritó:
—Que las barcas se mantengan en contacto unas con otras para no perdernos en esta bruma.
—El perro —gruñó Castro.
Escuchamos un resuelto bullicio de preparativos: embarcaban los remos.
—Preparado, Tomás —le dije en voz baja.
—¿Preparado para qué? —refunfuñó él—. ¿Cómo quiere escapar su SeñorÃa de estos cerdos?
—Debemos seguirles —contesté yo.
—La locura de los compatriotas del señor se ha apoderado de él —cuchicheó él con sardónica cortesÃa—. ¿Por qué seguirles?