La aventura
La aventura —Para dar con el barco inglés —respondà yo rápidamente.
Esa habÃa sido mi idea desde el momento en que oÃmos la guitarra de Manuel. Dado que la bruma que nos ocultaba de su vista nos impedÃa también irremediablemente ver el barco inglés, esos miserables nos conducirÃan hasta él con sus propias garras, por asà decirlo. No lo propuse como una idea genial. Era un recurso de lo más arriesgado y casi desesperado; pero la situación era tan crÃtica que no habÃa otra alternativa salvo quedarse quietos y esperar cruzados de brazos a que nos descubrieran. Castro parecÃa inclinarse más por esta última solución.
Afortunadamente los bandidos perdieron algún tiempo en discusiones blasfemas en cuanto al orden de las embarcaciones en el despliegue del ataque. Le insistà a Castro, en apresurados cuchicheos, acerca de las ventajas de mi plan: Su asentimiento era importante, dado que podÃa utilizar con soltura un remo, mientras que, si me quedaba solo, yo no podrÃa remar lo bastante rápido para poder seguir oyendo a la flotilla.
—¿De qué nos servirá, si el barco caerá en manos de Manuel? —argumentó él, malhumorado.
Por otra parte, no podÃamos esperar a que el barco fuese saqueado y puesto en libertad, ya que ni la bruma ni la noche durarÃan eternamente.