La aventura

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—Mis compatriotas los rechazarán —afirmé yo, convencido—. En todo caso, debemos estar en nuestros puestos. Podríamos intervenir. Y recuerde, Tomás, que esta vez no es usted quien los guía.

—Cierto —dijo él, apaciguado—. Pero hay otra cosa que merece la atención de vuestra Señoría… Si seguimos ese plan, expondremos a la Señorita a una lluvia de balas. Y el plomo, ¡ay!, a diferencia del acero, es ciego; de lo contrario aquel ilustre hombre no estaría ahora muerto. Si esperamos aquí, al menos la Señorita no tendrá nada que temer de esos rufianes, como ya le he dicho.

—¿Le asustan las balas? —le pregunté a Serafina.

Antes de que ella respondiese, Castro me siseó:

—Oh, es usted un inglés incalificable. ¿Sacrificaría también a la hija, simplemente porque es valiente?

Su siniestra alusión hizo que me hirviese la sangre de rabia y se me helase de golpe. Envueltos en aquella brillante nube, comprobamos que los ruidos de disputas y peleas se desvanecían y oímos gritos de «¡Preparados! ¡Listos!»; luego, una inesperada y brutal carcajada. Serafina se inclinó para delante.


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