La aventura
La aventura —Tomás, me gustarÃa hacer eso. Se lo ordeno —murmuró ella imperiosamente—. Ayudaremos a esos ingleses del barco. Debemos hacerlo; se lo ordeno. Pues ese pueblo es el mÃo a partir de ahora.
OÃ que Castro se quejaba:
—Ah, sombra querida de mi Carlos. ¡Su pueblo! ¿Cuál es el mÃo ahora?
Pero desmontó el remo y se sentó a esperar.
En los instantes que precedieron a la partida de los piratas fui presa de la más intensa ansiedad. SabÃa que estábamos del lado del mar más próximo al grupo de barcos. Pero ignoraba por completo nuestra posición con respecto a las embarcaciones y al navÃo inglés hacia el que ellas se dirigÃan. PodrÃa ser que el bote se encontrara justamente en su camino. Antes de que pudiese dominar esa especie de turbación que me produjo tal pensamiento (que, por extraño que parezca, hasta entonces no se me habÃa ocurrido), Manuel dio la señal con un estridente silbido.