La aventura
La aventura Siempre estamos dispuestos a fiarnos más de nuestros ojos que de nuestros oídos, y es tal la predisposición convencional con la que recibimos las impresiones de nuestros sentidos que yo no tenía ni idea de lo cerca que estaban de nosotros los piratas. La destrucción de mi ilusorio sentido de la distancia fue de lo más sorprendente. Inmediatamente, al parecer, con la segunda inmersión de los remos, las embarcaciones estarían a nuestra altura. Venían directamente contra nosotros. Era como si nos rozara una avalancha de rocas. Creí sentir el aliento de su acometida.
El rápido estrépito de los remos, el murmullo excitado de las voces, la violenta agitación de las aguas, pasaron a nuestro lado con un ímpetu que me cortó la respiración. Habían partido en masa. Entre ellos debía haber por lo menos una dotación de negros, ya que alguien tocaba ingeniosamente un tamboril y los remeros cantaban en voz baja con palpitante prisa: «Jo, jo, talibambó… Jo, jo, talibambó». Inmediatamente se perfiló una de las barcas: una fila de cabezas se balanceaba de atrás a delante, destacando a popa una figura de cuerpo entero tan derecha como una vela. Una voz que se alejaba vociferó: «¡Silencio!». Los sonidos y las formas se desvanecieron juntos en la bruma con asombrosa celeridad.