La aventura

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Con la cabeza descubierta y la capa quitada, Serafina seguía con la mirada los fugaces murmullos y sombras que estábamos persiguiendo. A veces nos avisaba: «Un poco más a la izquierda», o «¡Más rápido!». Tuvimos que emplearnos a fondo, pues Manuel, en un exceso de confianza, llevaba un ritmo vertiginoso.

Supongo que al principio se orientaría por la luz del promontorio. Yo no sabría decir adonde se dirigía cuando la niebla sepultó aquel débil resplandor; pero no disminuyó la velocidad ni dio muestras de vacilación. Seguimos la pista por el ruido, y casi nunca perdimos de vista la sombra escurridiza de la barca más a popa. Frecuentemente, en una capa de bruma más densa, el ruido de los remos quedaba amortiguado hasta casi extinguirse; o nos parecía oírlos muy cerca y, asustados, aminorábamos la marcha. Amenazadoras apariciones de barcas surgían por todas partes de manera inexplicable: a derecha, a izquierda, incluso por detrás. Parecían reales, inconfundibles, y antes de que tuviésemos tiempo de esquivarlas, desaparecían por completo. Entonces teníamos que lanzarnos desesperadamente sobre los remos y atraparlos a tiempo para enderezar la dirección.

Luego los perdíamos. Remábamos frenéticamente. Serafina nos urgía:

—¡Más rápido! ¡Más rápido!

De vez en cuando yo le preguntaba:

—¿Puede verlos?


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