La aventura
La aventura —TodavÃa no —me contestaba ella lacónicamente.
El sudor bañaba mi rostro. La respiración dificultosa de Castro a mis espaldas parecÃa el jadeo de un fuelle. De pronto, Serafina dijo en tono desesperado:
—¡Alto! Ahora no puedo ver ni oÃr nada.
Alzamos los remos inmediatamente y nos pusimos a escuchar con las cabezas bajas. El chapoteo del bote se extinguió poco a poco. Una gran quietud blanca extendÃa su inactividad sobre el mar.
Era inconcebible. En una o dos ocasiones más remamos con extrema energÃa durante algunos minutos siguiendo silbidos o gritos imaginarios. Una vez los oà pasar por nuestra proa. Pero fue inútil; nos detuvimos y la luna, desde el fondo nebuloso de su inmenso halo, posó sobre nuestras cabezas su mirada soñadora.
Castro gruñó:
—Su plan toca a su fin, señor don Juan.