La aventura

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Esta nueva dificultad ilustraba mejor que nada la situación tan peculiar y horrorosamente desesperada en que nos encontrábamos. Habíamos perdido el contacto… con una banda de asesinos persuadidos de disponer de nuestras vidas. Y eso era una verdadera desgracia para nosotros; una renuncia. Me negué a admitir su irrevocabilidad, como si eso hubiese perjudicado la lealtad de amigos probados. Le repetí a Castro que inmediatamente daríamos con ellos… probablemente incluso antes de lo que deseábamos. Y en cualquier caso, podíamos estar seguros de oír un fuerte ruido cuando comenzase el ataque al barco. Por lo menos, éste no debía encontrarse ahora demasiado lejos.

—A menos, efectivamente —admití yo con exasperación—, que debamos suponer que esos imbéciles lugareños hayan dejado escapar su presa y anden tan perdidos como nosotros.

Me irritaba el balanceo de su pluma, su fría indiferencia, como si estuviera en letargo.

—Posiblemente; es posible; puede ser.

—Su generosidad inglesa —replicó él— no podría desear mejor suerte para sus compatriotas que mis lugareños, como a su Señoría le gusta llamarlos, se hubiesen extraviado. Están ansiosos por saquear… tienen mucha prisa. Y es el ansia lo que hace que el lobo salte directamente al cuello de sus víctimas.


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