La aventura

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Un resplandor rojizo fluctuaba en la cubierta del barco. ¿Sería un fuego? El barco estaba más silencioso que una tumba. ¿Estaría abandonado? Me había prometido abordarlo, pero había algo extraño y misterioso en aquel fragmento de navío mudo que emergía de la bruma. Dimos únicamente una o dos paladas para aproximarnos a la popa y luego nos detuvimos. Yo recordaba la advertencia de Castro: la ceguera del plomo; pero lo que me detuvo fue su profundo silencio. Parecía presagiar alguna amenaza inconcebible. Llamé con indecisión, como si no esperase que me respondieran:

—¡Ah, del barco! Nadie me contestó con el inmediato «Hola», habitual de los vigías, aunque el barco no estaba abandonado. En efecto, mi grito había hecho saltar a un gran número de gente, a juzgar por los ruidos y las palabras que me llegaban de arriba.

—¿Qué? ¿Qué? ¿Un grito?

—¿Hay un barco cerca?

—En inglés, señor.

—Que baje uno de vosotros a buscar al capitán —ordenó una voz autoritaria—. Acaba de descender hace un minuto. No asustéis a las damas. Llamadle discretamente.

Siguió una conversación confidencial en voz baja.

—¿Ves algo?

—No puedo, señor.


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