La aventura
La aventura Tan pronto como giramos estuvimos a su altura. Lo hicimos tan rápido que apenas tuve tiempo de tirar el remo y empuñar las culatas de las pistolas que Serafina me entregó desde detrás. Castro también había dejado caer sus remos y, revolviéndose tan veloz como un gato, se agachó en la proa. Vi cómo sacaba su brazo sano en dirección a la barca.
Habían arrojado al agua un rezón hábilmente y, colgados de las cadenas principales, se ocupaban con denuedo de abordar en silencio el costado indefenso del barco. Uno de ellos saltaba ya la batayola y, debajo de él, tres más trepaban resueltamente haciendo estribo con las manos. Los demás, de pie en grupo cerrado, de cara al barco, se habían olvidado de tal manera de su propósito que se tambalearon al chocar con el bote, como si la tierra diese vueltas bajo sus pies.
Castro sabía lo que hacía. Vi su única mano saltando por la borda y arrastrando nuestro cascarón de nuez con un rápido movimiento. Los españoles volvieron la cabeza, titubeantes, y por un momento nos miramos unos a otros en silencio.