La aventura
La aventura Evidentemente, ante la sorprendente e inesperada prisa con que se reunieron, se habían visto obligados a abordar el barco todos por el mismo costado. Cuando yo me dirigía hacia el otro costado, una barca grande, llena de hombres, con varios remos, cruzó por delante de nuestra proa y desapareció bordeando la bovedilla del barco en un abrir y cerrar de ojos. Colocados en el costado de babor, los defensores iban a ser cogidos por detrás. Estábamos tan cerca de la bovedilla que oímos encima de nuestras cabezas los gritos de «Muerte, muerte». Una voz en la toldilla dijo furiosamente en inglés «Manteneos firmes, muchachos». Un instante después nosotros también viramos una cuarta, apenas a seis metros del enorme barco, aunque ciñéndonos un poco menos.
—Tenga listas las pistolas, Serafina —dije yo.
—Están listas, Juan —contestó ella con firmeza.
Jamás habría pensado que un ingenio flotante hecho por la mano del hombre pudiera abrirse camino tan fácilmente a través de las aguas. Incluso hoy mismo, no se me quita de la cabeza la absurda impresión de que, en aquel preciso momento, el bote corría delante de nosotros casi tan rápido como una bala de cañón.