La aventura

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Casi todos estos tiros habían sido a quemarropa; de todos modos yo tenía bastante práctica con la pistola. Macdonald tenía una galería de tiro al blanco en Horton Pen. Apiñados en la barca, los lugareños eran incapaces de hacer otra cosa que no fuese gemir de terror. Hacían ruidos suaves, lastimeros, quejumbrosos. Dos o tres cayeron de cabeza por la borda, cual ranas, y otro empezó a chillar exactamente igual que una rata.

Para entonces Castro, con la cuchilla fijada al muñón, había cortado la cuerda del rezón al nivel del anillo. Mientras el barco seguía avanzando todo el tiempo, la barca de los piratas se alejó del navío dando tumbos en dirección a nuestro bote y nosotros permanecimos de costado, aferrados al extremo de la cuerda cortada. Les lancé mi cuarto disparo y recibí a cambio un grito y un alarido: «¡Piedad! ¡Piedad! ¡Nos rendimos!». El barco viró una cuarta, completamente en silencio, para evitar el choque y se perdió en la bruma y el claro de luna, colgando grotescamente de la serviola la cabeza y el brazo de un hombre inmóvil.





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