La aventura

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Dejando a Serafina con Castro, y tras sujetarme al cinto el otro par de pistolas, trepé por la cuerda. La luna, las luces de varios faroles, el resplandor procedente de las puertas abiertas, se mezclaban violentamente a la húmeda bruma entre las altas bordas del barco. Pero la lucha había cambiado de signo en cuanto me detuve en la batayola para orientarme. El tipo que había saltado por la borda para eludir mi disparo echó a correr hacia el otro lado de la cubierta donde estaban sus amigos, gritando:

—Huid, huid. Llegan los herejes disparando desde el mar. Todo está perdido. ¡Huid! ¡Huid!

Había saltado directamente por la borda y su pánico era visiblemente contagioso. Los gritos de «¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!» habían cesado y los ingleses vitoreaban ferozmente. En un momento, los marineros, que a duras penas se habían mantenido a la defensiva bajo una lluvia de golpes, se precipitaron sobre mí, abriéndose paso a puñetazos y utilizando las manos para sujetarse. Salté por la escotilla mayor y me encontré en las postrimerías del ataque final.




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