La aventura
La aventura Un lugareño de gran estatura se había apoderado de una de las barras del cabrestante del barco y, menos timorato que los demás, la esgrimía en alto, apuntando a la cabeza de un marinero que estrangulaba a un negro, sujetándolo con sus enormes brazos. Disparé y el lugareño se derrumbó, con toda la apariencia de haberse golpeado él mismo con la barra que acababa de levantar. La barra quedó al otro lado de su cuello mientras él yacía a mis pies cuan largo era.
Después de eso no pude hacer nada más, pues el marinero, tras precipitar por la borda a su blandengue adversario con tremendo vigor, se volvió con rabia a por más, me divisó —un extranjero evidentemente— y me saltó a la garganta. Era inglés, pero como me apretaba con tanta fuerza la tráquea que yo no podía proferir palabra alguna, dejé caer la culata de mi pistola sobre su abultado cráneo sin el menor escrúpulo, pues, en efecto, tenía que vérmelas con un hombre fuerte, capaz de estrangularme sólo con sus manos, y muy decidido a alcanzar su objetivo. Gruñó al recibir el golpe, retrocedió unos pasos tambaleándose, inmediatamente después volvió a la carga, me agarró del cuerpo y trató de levantarme del suelo. Caímos juntos en un charco tibio.