La aventura
La aventura Yo no imaginaba que la sangre derramada pudiese conservar su calor durante tanto tiempo. Y había una cantidad asombrosa de ella: la cubierta parecía estar llena de sangre coagulada en la que simplemente nos revolcábamos. Rodamos vertiginosamente a lo largo de los humeantes imbornales, entre los pies de un grupo de hombres que saltaban alrededor nuestro con gran excitación, haciendo un imponente ruido sordo con sus disparos, que intentaron con todo tipo de armas y casi me dieron en la cabeza. De un puntapié me quitaron la pistola de la mano.
Me encontraba en una situación extremadamente horrorosa. ¿Debía matar al hombre? ¿Debía morir yo, en su lugar, de esa forma tan miserable e insensata? Traté de gritar: «Apartad de mí a este maníaco».