La aventura
La aventura —¡Señor, dígnese contemplar mi perdición! ¡Me llevan al matadero, señor! ¡Al matadero, señor! ¡Piedad! ¡Benevolencia! ¡Misericordia! Hace muy poco… Consideradlo. Al matadero… Yo… Manuel. Señor, soy admirado universalmente… con el gaznate reseco, señor. Podría componer una canción que haría llorar a un cura… Con el gaznate completamente reseco, señor —añadió, lastimeramente.
No pude evitar el volver la cabeza. No me habían tratado ni la mitad de mal que a él. Bastaba con mirarle para creer que tenía seca la garganta. Bajo la mata enmarañada de sus cabellos, su rostro mostraba una mueca de agonía y sus ojos como platos me suplicaban con un brillo inmóvil y vidrioso.
—¿Se ha olvidado de mí, señor? ¡Olvidar a Manuel! ¡Imposible! Manuel, señor. Por el amor de Dios. Manuel. Manuel-del-Popolo. Canté para usted, dígnese recordar. Le ofrecí mi fidelidad, señor. Como usted es un caballero, le exhorto a que recuerde. Sálveme, señor. Hable con esos hombres… por su honor, señor.